Muchas razones mundanas pueden sostener una inactividad de 5 años en La Libreta, pero una de ellas viene de lo más profundo de mi ser: La genuina incredulidad en mí misma. El convencimiento que poco o nada tengo para decirle al mundo, yo, una nadie, una simple estudiante, una aprendiz permanente. ¿Con qué autoridad opino? ¿Cuál es el peso de mis palabras?.
«El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas» -Bertrand Russell
¿Seré yo entonces víctima de mi propio invento, y nadar en el mar del conocimiento (que me llena constantemente de preguntas) realmente me ha hecho ahogarme en un mar de dudas?
Soy consiente de mi ignorancia, y a medida que avanza mi proceso intelectual, soy aún más consiente. Sin embargo veo una que otra vez en internet personas hablando con autoridad de cosas de las que no están siquiera convencidos. Y me pregunto: ¿cómo pueden dormir cada noche sabiendo que han mentido con intención?.
La frase de Bertrand Russell es demasiado pretenciosa. Implica asumir entonces que mis dudas vienen de ser una persona inteligente. ¿Pero cómo se mide eso? En los últimos años he dudado de toda ventaja intelectual que tal vez pensé tener en mis años más atrevidos de mi adolescencia. Mi camino académico ha estado lleno de baches, de miedos, de fracasos, y de momentos buenos, que atribuyo todos a la suerte y no a alguna aptitud personal.
Escribo estas palabras para que usted, lector o lectora, persona miembro de algún sector productivo de la sociedad, reflexione conmigo estos pensamientos, que seguramente los hemos vivido muchas personas que estamos en el sector científico y tecnológico: El famoso síndrome del impostor.
Y si, porque más allá de ser consientes de nuestra propia ignorancia, si se da cuenta, todo mi discurso raya en la invalidación más agresiva de mi persona. De todo lo que soy y de todo lo que puedo llegar a saber. El síndrome del impostor es como flotar en el mar de dudas, y sentirse completamente intimidado e incapaz de siquiera intentar nadar.
Todos tenemos dudas, todos tenemos inseguridades, pero estoy segura que muchos de los avances científicos o artículos que vemos día tras día, están escritos por personas que se han cuestionado a sí mismos muchas veces, y se sienten indignos de ser aceptados o reconocidos como científicos.
¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué es tan evidente en la ciencia? Como opinión personal, es una cuestión de egos. La ciencia es una herramienta humana muy poderosa, y va mucho más allá que el propio individuo. Nos supera, nos enfrenta, nos aplasta. Hacer ciencia es transitar por un camino que se aclara localmente solo con cada paso. Normalmente no vemos el panorama, ni tampoco vemos el punto final. «¿A donde me llevarán estas dudas, esta exploración?: no lo sé.» Eso es la investigación científica. Para nada hay comodidad y soltura, más bien hay una urgencia por entender qué necesitamos conocer o aprender a hacer, para lograr nuestra búsqueda intelectual.
Pasar de ser una niña confiada, «inteligente» y segura de que podrá manejar cualquier nuevo concepto del libro de texto, a explorar en el terreno de lo completamente desconocido, con la pretensión de generar conocimientos nuevos para la humanidad, afecta el ego (y lo alimenta). Te hace sentir inútil, incompetente, incapaz, indigno. Lidiar con eso no es fácil, seguramente todos lo hemos vivido. Aún peor, levantarte todos los días sabiendo que tu trabajo es precisamente ese: el de comprender algo que es difícil, que te exige toda la atención y cuidado pero que probablemente falles en muchos de tus intentos. Es más que frustrante. Nada de lo anterior tiene algo que ver con los años estudiando del libro de texto, pues ahora las nuevas hojas están en blanco y tú te estás aventurando a poner algunas líneas nuevas. ¿Lograré descubrir algo que valga la pena poner allí?… qué angustia. La contradicción está en que si lo logramos, nos vamos a sentir victoriosos, satisfechos, realizados y enormes. La ciencia es una herramienta que se sostiene de la pretensión humana.
Además, la ciencia se compone de duda, de exploración incesante, de preguntas que buscan ver la luz y en donde nosotros somos la linterna. El saber no tiene sentido sin el humano. Por eso es tan importante el pensamiento crítico. Querido lector, llevo 5 años incapaz de poner una sola letra en este blog, y ya me quedan dos años para terminar el doctorado… (eso quiero pensar); en contraste, existe toda esa humanidad que habla a través de cortos rectangulares de 30 segundos, afirmando «hechos» sin haberlos constatado o sin tener formación alguna en el tema que exponen. Esas personas son definitivamente los ignorantes de los que habla Russell. Y es por eso que hay que cerrarles la puerta de nuestra mente; dejar de contaminarla con tanta basura, que solo nos adormece, nos confunde y nos vuelve pasivos e insensibles. Aunque dudar en exceso de uno mismo es un comportamiento que debemos corregir, el exceso de confianza, por el contrario, puede llegar a ser bastante cuestionable.
Ahora bien, para colmo de males en 5 años ha pasado demasiado. El mundo en donde nació este blog ya no existe. Si antes era un grano de arena en el mar, donde unos cuantos cientos de personas lo miraban, no me imagino cómo será ahora. ¿Cómo hacer eco a estas ideas?, ¿cómo llamar la atención de las personas más alejadas de la ciencia? ¿Cómo compito contra la IA? ¿Cómo llegar a quienes les debemos nuestro trabajo y nuestra vida (quienes pagan los impuestos)?.
Este blog inició con un lema: «para romper las barreras del conocimiento». Desafortunadamente en la última década esta brecha no ha hecho más que engrosarse. Llegar a nuestro público objetivo -no académico- parece ahora sí casi que imposible. El mundo es más hostil, está más distraído y mucho más reactivo a cualquier idea. La aversión por la ciencia se recrudeció. Este es el contexto donde voy a intentar darle continuidad a este proyecto. ¿Voy a tener éxito? ¿Encontraré la manera de darle eco?. Ni idea.
Comencemos por restablecer la definición de IMPACTO. Facebook ha sido muy inteligente para meterse en nuestra sociedad moderna como algo imprescindible. Lo hizo estableciendo nuevas reglas para medir el impacto social: El número de clicks, número de vistas, número de comentarios etc, es decir, mediante indicadores que sólo él proporciona. Así, cualquiera que quiera incidir en su entorno tiene que jugar su juego. Pero queda más que claro que es una trampa. Impactar en la sociedad no tiene nada que ver con eso. Tiene que ver más con la capacidad de lo que dices o lo que haces para generar una transformación en la calidad de vida, o en la forma de pensar de una persona o un grupo de personas. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo para este blog. Así llegue a una sola persona en la internet. Con mover o sacudir genuinamente el mundo de una sola persona; con hacer que una sola persona comparta conmigo la emoción, el asombro y el sentimiento de esperanza que me genera el conocimiento científico, me doy por satisfecha.
Cierro esta reflexión de apertura con algo pretencioso, el título del texto: «Yo, la impostora mayor» una alusión a la famosa firma de la gran intelectual Sor Juana Inés de la Cruz «Yo la peor de todas», en donde se admitía culpable por el crimen de pensar, de entregarse al mundo del conocimiento y de las ideas, siendo ella mujer, reconociéndose indigna ante los ojos de la iglesia y de la sociedad de su época. Tal vez también me sienta indigna, pero al igual que ella, hoy me gana más el deseo por expresarme que el miedo a ser insuficiente.
Gracias por leer, por sumergirte conmigo en el mar de dudas sin respuesta, y bienvenid@ a una nueva etapa de esta aventura compartida, llamada La Libreta de Ciencia.
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