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El legado fósil de Mary Anning: Una pionera que la ciencia borró

Por Emmanuel Acosta Espinoza.

La paleontología es una ciencia apasionante: nos permite comprender la historia la vida en la Tierra a través del registro fósil, abriendo una ventana al pasado para observar formas de vida fascinantes que desafían incluso los límites de nuestra imaginación. Hoy en día, los frutos del estudio paleontológico están presentes en nuestra vida cotidiana y en la cultura popular, convirtiéndose en conocimiento accesible para personas de todas las edades. ¿Cuántos niños entusiastas no hemos conocido, que dejan volar su imaginación pensando en esas criaturas majestuosas que dominaron la Tierra durante el Mezosoico, o en esos mamíferos gigantes del Pleistoceno? Es fácil ver los resultados de la paleontología y asumir que siempre hemos sabido lo que sabemos hoy gracias a ella. Sin embargo, el camino recorrido ha sido largo desde su consolidación en el siglo XIX, revolucionando nuestra manera de entender tanto el mundo actual como el que existió millones de años antes de nosotros.

El día de hoy, 21 de mayo, nos trasladamos a una época en la que la paleontología no existía como una disciplina científica formal, para conmemorar a Mary Anning: la primera paleontóloga de la historia.


Nacida en 1799 en el pueblo costero Lyme Regis, Inglaterra, Mary fue la quinta hija del matrimonio de Richard Anning y María Moore, recibiendo su nombre en honor a la primera hija del matrimonio, quien habría muerto trágicamente en un incendio el año anterior. Además, como si una sombra de desgracia persiguiera a la familia, en 1800, siendo Mary una bebé de tan solo 15 meses de edad, recibió el impacto de un rayo mientras era cargada en brazos por una vecina, amiga de la familia, en compañía de otras dos amigas bajo un olmo. Las tres mujeres murieron en el incidente, mientras que milagrosamente la niña sobrevivió, generando asombro desde tan temprana edad entre los habitantes de su comunidad. Lamentablemente, de los nueve hijos del matrimonio Anning solo Mary y su hermano mayor Joseph llegaron a la edad adulta. [1]


La vida de Mary estuvo siempre influenciada por los fósiles, siendo la venta de estos una fuente de ingresos adicionales de su padre Richard, quien posteriormente instruyó a sus hijos en el negocio. Desde muy temprana edad los hermanos mostraron sobresaliente talento en encontrar y preparar fósiles, razón por la cual, tras el súbito fallecimiento de su padre en 1810, la búsqueda y venta de fósiles se convirtió en la única fuente de ingresos para la familia. Sin saberlo, lo que comenzó como un medio de subsistencia terminó convirtiéndose en una contribución decisiva al nacimiento de la paleontología moderna.


A inicios del siglo XIX, cuando la teoría de la evolución de Darwin todavía no existía, el comercio de fósiles ganaba popularidad al mismo tiempo que empezaban a comprenderse sus implicaciones en la biología. Por esta razón, los Anning comenzaron a captar la atención de biólogos y geólogos. Su primer gran descubrimiento ocurrió en 1810, cuando Joseph encontró el cráneo de lo que, en su momento, pensó que se trataría de un cocodrilo. Un año después, teniendo apenas doce años, Mary encontró el resto del esqueleto de una criatura de más de 5 metros de longitud, un reptil marino que desconcertó a los científicos de la época.


En 1820 esta criatura fue bautizada como ictiosaurio, o “pez lagarto”, y a pesar de no haber sido el primer ictiosaurio en ser encontrado, el suyo fue el primero en ser estudiado y descrito en la literatura. El hallazgo fue extraordinario, pues proporcionó evidencia concreta de la existencia de criaturas extintas en una época en la que muchos naturalistas aún debatían si la extinción era un fenómeno real.

Años después, en 1823, descubrió un plesiosaurio (“casi lagarto”) prácticamente completo, cuya anatomía resultó tan extraña que algunos científicos llegaron a sospechar que el fósil era falso. Sin embargo, la autenticidad del espécimen fue confirmada y el descubrimiento consolidó la reputación de Anning como una de las mejores recolectoras y observadoras fósiles de su tiempo. En 1828 también encontró el primer pterosaurio identificado en Inglaterra, ampliando el conocimiento sobre reptiles voladores prehistóricos. Además, contribuyó al estudio de los coprolitos, fundamentales para reconstruir las cadenas alimenticias y ecosistemas antiguos, demostrando que estos eran heces fosilizadas.

A pesar de la magnitud de sus descubrimientos, Mary Anning enfrentó enormes barreras sociales y académicas. Por ser mujer y pertenecer a la clase trabajadora, no podía participar plenamente en instituciones científicas como la Geological Society of London, que en el siglo XIX excluía a las mujeres de sus reuniones y publicaciones. Muchos geólogos estudiaban los fósiles que ella encontraba, compraban sus ejemplares y publicaban investigaciones basadas en ellos sin otorgarle el reconocimiento correspondiente. Aunque científicos destacados como Henry De la Beche, autor de una de las primeras obras de paleoarte: “Duria Antiquior”; y William Buckland, geólogo de Oxford, reconocieron su habilidad excepcional, durante gran parte de su vida Anning permaneció marginada de la comunidad científica formal. Por ello, hoy suele ser considerada la primera paleontóloga profesional de la historia, no porque tuviera un título universitario (algo imposible para una mujer de su condición en aquella época), sino porque dedicó su vida al estudio sistemático, clasificación e interpretación de fósiles con un rigor comparable al de los académicos contemporáneos.

El legado de Mary Anning trasciende sus hallazgos paleontológicos. Su historia simboliza las contribuciones invisibilizadas de las mujeres en la ciencia y demuestra cómo el conocimiento científico no surge únicamente en universidades o laboratorios, sino también desde la observación cuidadosa y la experiencia de quienes, como ella, aprendieron a “leer la piedra”. En la actualidad, su figura ha sido reivindicada como una pionera de la paleontología y un ejemplo de perseverancia frente a la exclusión social y académica. Los fósiles que descubrió continúan exhibiéndose en museos de todo el mundo y forman parte de la base científica que permitió reconstruir la historia de la vida en la Tierra.

Los acantilados de Lyme Regis, hogar de Mary Anning, forman parte de la llamada Costa Jurásica, una franja costera de 153 kilómetros en el sur de Inglaterra que preserva cerca de 185 millones de años de historia geológica. Sus acantilados resguardan restos fosilizados de numerosas criaturas que habitaron la región desde el período Triásico hasta el Cretácico, convirtiéndola en uno de los sitios paleontológicos más importantes del mundo. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001, la Costa Jurásica continúa siendo, hasta nuestros días, escenario de importantes descubrimientos fósiles. [2]

Referencias:

  1. Emling, Shelley (2009), The Fossil Hunter: Dinosaurs, Evolution, and the Woman Whose Discoveries Changed the World, New York: Palgrave Macmillan.
  2. UNESCO World Heritage Centre (2001), Dorset and East Devon Coast. Disponible en: https://whc.unesco.org/en/list/1029/

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