Tres tomos del manual escolar Lecciones de Cosas (1921), usados para la modernización educativa en Colombia, en donde el objetivo del estado era configurar un «hombre moderno» que fuera práctico, observador y positivo, transformando la mente de la niñez frente al modelo tradicional memorístico para construir una nueva sociedad con «repercusión colectiva y social». En el Censo General de Población de 1918, la tasa de analfabetismo en Colombia alcanzaba el 68.4% de la población total. Una de las más altas de América Latina. Fuente: http://museopedagogico.pedagogica.edu.co/tag/lecciones-de-cosas/
Por Jennifer Grisales
Algunos de los resultados más impactantes de la prueba PISA son hoy motivo de debate en todos los medios de comunicación, y como siempre, este tipo de información se convierte en una batalla de bandos: ¿quien es EL culpable? Se debaten todos. ¿Y si el problema es más complejo que eso?.
Podemos estar bajo un caso con diversos puntos todos igual de importantes que se unen para arrojar los resultados que vemos hoy.
Colombia es un país anti-intelecual. Desde todas las estructuras sociales, el interés por conocer y aprender no es suficientemente bien premiado, y parece que en muchos casos es castigado. Para una persona adulta cada vez es menos alentador estudiar, ya que la promesa de ascenso social no se está cumpliendo del todo: según el Ministerio de Educación Nacional, quienes se gradúan de un posgrado ganan en promedio 2,2 veces el salario de quienes solo tienen pregrado. Y tener un pregrado ya no es suficiente, pues en muchos casos ofrecen solo el salario mínimo. La brecha existe, el retorno económico no siempre compensa el costo y el tiempo invertidos, además que tampoco está distribuido de forma pareja entre disciplinas y regiones.
Sumemos a esto que estudiar en Colombia sigue siendo, en gran medida, un privilegio. Solo cuatro de cada diez bachilleres logran acceder a la educación superior, y la cobertura nacional apenas ronda el 55%. El Gobierno ha ampliado en años recientes la política de gratuidad, que hoy cubre a más de 930.000 estudiantes de pregrado en instituciones públicas —un avance real—, pero la gratuidad en la matrícula no resuelve el sostenimiento: transporte, vivienda y alimentación siguen siendo barreras «invisibles» por el estado. Para construir una sociedad competente hay que masificar el acceso, no solo el ingreso. ¿Quién hace una maestría o un doctorado en Colombia hoy? Todavía, mayoritariamente, quienes tien cómo pagarla o que cuentan con el apoyo económico familiar.
La profesión docente no está dignificada. Esto tiene dos aristas. Primera, en la regulación: el magisterio ofrece cierta estabilidad y un escalafón que sí premia la formación, pero esa protección no llega igual a las zonas rurales, y menos al sector privado. En el sector privado no existe una regulación extricta y los docentes se enfrentan con atropellos laborales constantes, además de la humillación de sus superiores y hasta de los estudiantes. Salarios de hambre, horas extras no remunedadas, sobrecarga laboral, inseguridad si se trata de zonas rurales y/o de conflicto, y si están en colegios privados, además de todo, «resultados». La segunda arista son las consecuencias: cuando la docencia paga mal y protege poco, se convierte en un escampadero profesional al que se llega por descarte y no por vocación, y eso rompe cualquier incentivo real de mejorar la calidad educativa. La mediocridad brota tanto en quienes llegan porque no tienen otra opción y sencillamente carecen de herramientas, como en quienes, tras sufrir años en el sector privado, logran una plaza pública y deciden resistir con lo mínimo.
El sistema educativo colombiano además es difícil de regular, evaluar y controlar: oscila sin coherencia entre lo público, lo privado, y entre administraciones. No hay consenso sobre qué enseñar ni cómo. Cada nuevo gobierno prioriza lo que quiere y con frecuencia deshace lo logrado por el anterior, muchas veces incluso ignorando las recomendaciones internacionales. La falta de continuidad destruye cualquier plan de mejora a largo plazo. Transformar de raíz un sistema educativo no es un proyecto de cuatro años. Necesitamos compromiso social; que el sentido de pertenencia y respeto por el estado social de derecho esté por encima del ego político de turno.
A todo esto se suma un deterioro en la estructura familiar. La cantidad de niños que crecen sin acompañamiento en casa es preocupante: familias fragmentadas, vínculos rotos y una sobreestimulación tecnológica —aprendida, muchas veces, de los propios padres—, dejan a los jóvenes emocionalmente vacíos y sin espacio real para el aprendizaje, porque su prioridad es sobrevivir mentalmente al ruido. Y cuando no están solos, están sobreprotegidos: los padres no dejan hacer, la flexibilidad se volvió una «obligación». Pero ser flexible en el aula debe tener una razón de peso. Estamos formando ciudadanos que creen estar por encima de las consecuencias de sus actos.
Y estos dos problemas —la crianza deteriorada y la precariedad docente— no son ajenos entre sí: cuando ambos padres o los cuidadores deben trabajar jornadas extendidas para sostener el hogar, precisamente por la misma precariedad laboral que afecta a buena parte del país, el acompañamiento familiar se reduce estructuralmente. La crisis de la crianza es también un síntoma económico.
El fondo y el «dilema» está en la economía. Vivimos bajo un paradigma económico que premia la superficialidad del aprendizaje. El pensamiento crítico, el análisis y la reflexión requieren tiempo y pausas, y el modelo de crecimiento infinito las ve como pérdidas de dinero. Es contradictorio y cínico plantear el problema educativo como si fuera ajeno a la economía que los países se ven obligados a adoptar en un mundo cada vez más dependiente de los mercados internacionales. Bajo un paradigma que premia el hacer sobre el ser, y que no admite demora, no se puede salvar la educación colombiana ni la del mundo entero sin cuestionar también ese modelo. Habrá que resistir las lógicas de practicidad y ganancia inmediata si queremos que la educación —y con ella, la capacidad de pensar críticamente como sociedad— no termine por apagarse. Porque el mundo sigue avanzando y es evidente que la tecnología y la ciencia superó la capacidad del humano moderno para al menos procesar los cambios que generan. La crisis educativa muestra la crisis de nuestra propia especie. Cuando muera el último lector, y cuando las únicas que piensen sean las máquinas, el homo SAPIENS habrá desaparecido.
Referencias:
https://www.oecd.org/en/publications/pisa-2025-results-volume-i_73451bc5-en.html
https://www.senado.gov.co/index.php/el-senado/noticias/5518-matricula-cero-tendra-mas-beneficios
https://snies.mineducacion.gov.co/portal/ESTADISTICAS/Bases-consolidadas
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